Opinión
Nadie debería transitar su angustia en soledad
La incertidumbre es una mochila que pesa cada vez más. Hoy el impacto de la crisis ya no se cuenta solo en números, sino en nuestra salud mental.
El mayor desgaste actual no pasa por mirar los precios. Pasa por el endeudamiento familiar constante, la precarización laboral y el miedo latente a perder el empleo.
Para una enorme porción de los trabajadores, el sueldo rinde apenas para las primeras dos semanas del mes. Vivir pidiendo prestado para cubrir necesidades básicas destruye la tranquilidad de cualquiera.
Toda esta angustia social termina desembocando en un sistema sanitario al límite. Ante la caída de las coberturas privadas, los hospitales públicos y centros de salud barriales están absorbiendo una demanda histórica.
El área de salud mental es una de las más críticas. Los profesionales denuncian una grave falta de recursos y presupuestos que no alcanzan para sostener los dispositivos de contención pública.
El sistema recibe a diario a miles de personas que necesitan ayuda psicológica urgente. Sin embargo, los trabajadores sanitarios están sobrecargados y sin herramientas suficientes para dar respuesta inmediata.
Frente a esta intemperie institucional, la salida no puede ser el aislamiento.
No manejamos la economía, pero sí podemos elegir cómo nos tratamos. Hoy, más que nunca, necesitamos ser un refugio para el otro.
Ser empáticos no tiene costo. Escuchar a un compañero de trabajo angustiado o acompañar a un amigo que se quedó sin empleo son gestos vitales.
Se trata de ser pacientes y amables en la calle. De frenar un minuto, preguntar un "¿cómo estás?" sincero y, sobre todo, estar dispuestos a escuchar la respuesta.
Cuando todo lo demás falta, la solidaridad y la sensibilidad humana nos sostienen. En medio de la crisis, nadie debería transitar su angustia en soledad.
(Luis Santana - Periodista, profesor de Ciencias Sociales, asesor en comunicación y gestión de medios)



